Donde sonó
una risa, en el recinto
del aire, en los pasillos transparentes
del aire donde, un día
sonó una risa azul, tal vez dorada,
queda
por siempre un hueco, un lienzo triste,
un muro acribillado, un arco
roto,
algo como el desgaire de una mano
cansada, como un trozo
de madera podrida en una playa.
Donde
saltó la vida y luego nada
echó a rodar, y luego nada, queda
una
cama deshecha,
un cuarto clausurado, un portón viejo
en el vacío,
algo
como un andén cubierto por la arena;
queda por siempre el
hueco
que deja un estampido por el bosque.
De bruces,
husmeando, rastreando
unas huellas, tirando
del hilo de un
perfume,
penetra el corazón por galerías
que un latido de sangre
subterránea
horadó alguna vez y allí quedaron.
Y que allí
permanecen con su húmeda
oscuridad de tigres en acecho.
Penetra el
corazón a tientas, llama
y su misma llamada lo sepulta.
Donde sonó una risa,
una vidriera,
una delgada lámina de espacio
estalló lentamente. Y
no es posible
poner de nuevo en orden tanta ruina.
Un nuevo aliento
merodea. Llegan
otros sonidos hasta el borde y piden
su momento
para existir. Afluyen
nuevas formas de vida
que al final toman
cuerpo y se acomodan.
Pero el tiempo ya es otro y el espacio
ya es
otro y no es posible
revivir lo que el tiempo desordena.
En la cresta del agua o
de la espuma
donde una risa naufragó, ya nada
podrá buscar,
hundirse, hallar los restos,
nadie podrá decir: éste es el sitio.
El mar no tiene sitios y sus cimas
son instantes de brillo y se
disuelven.
Pero quedan los huecos, queda el tiempo.
El tiempo es un conjunto
de irrellenables huecos sucesivos.
Donde sonó una risa queda un
hueco,
un coágulo de nada, una lejana
polvareda que fue,
que ya
no está, pero que sigue hablando,
diciendo al alma que, en alguna
parte
algo cruzó al galope y se ha perdido.